Tonta

No creo que recuerdes aquel momento, tan insignificante en el tiempo que hasta a mi me cuesta a veces rememorar. Fue tan solo un instante, una palabra, en la que basaría por completo mi existencia. Pero no por esa palabra, si no por lo que esa sucesión de apenas dos sílabas significaba en realidad.

‘Tonta’, me dijiste.

Era una tarde que no recuerdo ni lluviosa, ni soleada, ni si era más tarde o más temprano, era una tarde, como las demas. Yo, una enana de apenas 9 o 10 años, sentanda en el filo de una cama en un cuarto atestado. Dos camas de 90, separadas por un escritorio esquinero, colocado contra una pared recta; a la entrada del cuarto, al lado de una de las camas, una cómoda de mimbre; la otra cama, justo debajo de la ventana; y frente a todo este desbarajuste, en la pared más grande y sin columnas, el armario, de mimbre también. Y se me olvida mencionar las mesitas de noche, de igual mimbre. Un dormitorio de matrimonio reconvertido en un dormitorio para dos. Para ti y para mi.

Pues ahí estaba yo, cabizbaja, lloriqueando. En el colegio nos habían pedido un par de dibujos para la asignatura de Conocimiento del Medio: un esqueleto con los nombres de todos los huesos y una version del mismo con la musculación completa. Y yo, inútil como siempre había sido con el lápiz, no los había hecho. Pero el profesor, uno de los mejores que jamás tendré, me dio una segunda oportunidad, conocedor de mi pesar.

Así que estaba sentada en el filo de la cama, lloriqueando y cabizbaja porque no sabía cómo se dibujaba un esqueleto. Sí, por eso lloraba. Y cuando entraste y te lo conté, tu respuesta fue tan simple que hasta a tan corta edad me dejaste pasmada. “Tú eres tonta”.

Así, sin más. Tú, mamá, me soltaste esa frase como si fuese lo más natural del mundo. Y yo, como respuesta, te dediqué mi mejor y mayor pataleta.

No creo que recuerdes ese momento, pero a mi se me quedó grabado a fuego. “Tonta”. Y yo, desde entonces, baso en mi vida en eso, en esa palabra, en “tonta”. ¿Que por qué? Pues no es por la palabra, sino por lo que entraña. Tu explicación, aunque no con las palabras exactas, tanta memoria no tengo, fue la siguiente: que era una tonta por llorar por eso, que de qué me podía servir llorar si no me ponía y lo intentaba, que tenía que esforzarme e intentar esbozar aunque fuese un monigote de palitos, que lo importante era intentarlo y volverlo a intentar, hasta que saliese bien o hasta que aprendiera lo esencial.

Que llorar jamás nos conducirá a conseguir lo que queremos. Que raramente funciona. Que en esta vida hay que esforzarse por lograr lo que uno desea, a lo que uno aspira. Que los objetivos, sin un poco de lágrimas y sangre, no significarán lo mismo. Que las cosas, conseguidas con afán y tenacidas valen el triple.

Seguramente no te acuerdes de este momento mamá, pero para mi es muy importante. Y me recuerdo enjugándome las lágrimas, sentada en un extremo de ese absurdo y destartalado escritorio, intentado dibujar un esqueleto, mientras tu jugabas al Solitario Spider del ordenador y escuchábamos El Arrebato.

Y me recuerdo la mar de feliz cuando pude entregarle los dibujos al profesor.

Así que, aunque seguramente no lo recuerdes, gracias. Gracias mamá por enseñarme a no desfallecer, a intentarlo todas las veces que hiciese falta, a buscar todas las formas posibles de enfrentarse a las cosas para hallar la mejor solución. Gracias, mamá, por ser siempre la mejor consejera.

♥

Doña Perfecta

Lo que ellos no saben

Llevo toda mi vida intentando hacer las cosas lo mejor posible, y ahora no sé hasta que punto es lo que hay que hacer.

He intentado ser la hija perfecta, la hija de la que mis padres estuvieran orgullosos y de la que pudieran presumir. Siempre he estudiado mucho y he sido responsable, aunque nunca llegué a ser sobresaliente.

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Intenté ser culta y dí clases de pintura, de piano, de guitarra y de baile. Incuso de teatro, pero en todas y cada una de ellas lo que descubrí es que le arte no iba conmigo.

 He intentado ser la hermana perfecta, ocupándome de mis hermanos pequeños y cuidándoles. Siendo su confidente y cubriéndole de mis padres cuando iban creciendo. Con los mayores también me he portado lo mejor que he sabido, queriendo siempre ser lo que a ellos les parecía que debía de ser, preocupándome de lo que ellos pensaran…

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Pesadilla.

Y entonces, de golpe y porrazo, te despiertas del sueño. Y descubres que quizás nunca fue un sueño, sino tan solo el anuncio de una pesadilla futura. De una pesadilla que te destrozaría, que te haría pedacitos, que te rompería entera. Y maldices cada minuto pasado a su lado, porque son minutos que recordar con dolor, con impotencia y con rabia.
Porque además, no te has despertado tú por tu propia voluntad, sino que te han despertado echándote un jarro de agua fría por encima, dejándote helada. En todos los sentidos de la palabra ‘helada’. Te han dejado sin habla, con el corazón parado, un sudor frío, con las piernas temblando y las lágrimas brotando de tus ojos. Y te sientes pequeña, tan pequeña que temes desaparecer; hacerte un ovillo y desaparecer, eso sería una buena solución a lo que sientes. O una buena representación.
Canciones que suenan en la radio y te hieren, te arañan el corazón y no te dejan respirar. Canciones que te recuerdan a momentos vividos que ya no volverán. Canciones que hablan de amor, del que se tiene y del que se perdió. Y cambias rápido de emisora, temiendo que tu corazón explote.
Y entonces piensas en el sueño, o pesadilla, en cada momento respirado, olido, sentido, oído y comido. Se te vuelve a poner la piel de gallina, se te entrecorta la respiración y te dices a ti misma que debes olvidar, que no merece la pena pasar por todo el dolor por escasos momentos increíbles. Y te miras a los ojos, como si estuvieras delante de un espejo, buscas en tu interior y descubres la verdad.
Y la verdad te aplasta como una gran mole de hierro macizo. Porque es tan ilógica, irracional e irreal, como el ser humano mismo es. Porque te das cuenta que tu verdad es simple…
Que te encantaría volver a ese sueño, aun a riesgo de que sea una pesadilla.

La desigualdad entre hombres y mujeres.

No es algo nuevo el tema de la desigualdad entre hombres y mujeres en el ámbito laboral y, sin embargo, sigue siendo un tema del que se debe hablar. En la Unión Europea, las mujeres representan el 60% de las personas que obtienen un título universitario, en la mayoría de los casos con mejores expedientes académicos. Pero a pesar de esto, siguen teniendo muchos problemas a la hora de llegar a niveles altos, como pueden ser los consejos de administración.

Las causas son tantas y tan diversas que no se podrían enumerar todas, aunque sí se pueden reducir a dos grandes “problemas”. El primero es sin duda el más claro, el de los prejuicios que aún se conservan en la sociedad europea, pese a los avances sociales realizados, a la educación que se tiene, a las normativas existentes (como la del año 2006), etc. Aún persiste en nuestra sociedad el pensamiento de que las mujeres tienen menos valor en el campo profesional, que forman parte de una fuerza laboral poco cualificada que no sirve más allá de las tareas del hogar o aquellos puestos de trabajo encasillados como “femeninos”: limpiadoras, secretarias, recepcionistas, profesoras de guarderías, enfermeras… El segundo problema es la maternidad. Es el principal obstáculo que encuentra una mujer en el trabajo, debido a la baja de maternidad a la que tiene derecho, a la reducción de jornada posterior, a la creencia de que tendrá prioridad su familia que su trabajo. En mi opinión, una mujer puede llevar hacia delante ambas cosas, ambas vidas. Se puede compaginar perfectamente la vida familiar con la vida laboral, y eso no tiene por qué afectar a la calidad del trabajo que realiza la mujer.

¿Cuáles son las consecuencias de estos dos grandes inconvenientes? La casi imposibilidad que tienen las mujeres para conseguir puestos como directivas de empresas, altos cargos públicos o un cierto respeto en un ámbito particular. Además, cuando una mujer consigue algo de esto, siempre se achaca el éxito a cualquier otro motivo, en lugar de a su propio esfuerzo. Muchas son tachadas de manipuladoras, de haber seducido a su superior, de haber conseguido un ascenso por un motivo extra laboral; muchas no consiguen jamás ser verdaderamente respetadas en sus puestos de trabajo, por el simple hecho de ser mujer.

Además, a todo esto hay que añadirle la gran brecha salarial que existe entre ambos sexos. Bruselas denuncia que, de media, las mujeres trabajan “gratuitamente” unos 59 días al año. Esto es, sin duda, una vergüenza para una sociedad tan avanzada como decimos tener los europeos; es una vergüenza que en pleno siglo XXI sigamos despreciando así a la sexo femenino; es una vergüenza que sean viejos prejuicios los que sigan perjudicando a las mujeres de este modo.

Según mi particular punto de vista, la solución pasa por la educación. Si desde pequeños se inculcase de verdad en la escuela y en la casa que hombres y mujeres se merecen igual trato, seguramente no tendríamos una generación adulta tan discriminatoria. Y digo “si se inculcase de verdad”, porque es cierto que ahora se intenta inculcar, pero no se utilizan los métodos adecuados y muchas veces son los propios padres o profesores los que, espero, sin darse cuenta, crean esa brecha, esa desigualdad entre los sexos.

La respuesta para una sociedad adulta igualitaria es, sin lugar a dudas, una sociedad infantil bien educada en la igualdad y el respeto.

¿Por qué los exámenes tradicionales de traducción no sirven?

haciendo cosas con palabras

La manera en que traducimos mejora con la práctica. La experiencia, la exposición reiterada a textos que necesitan pasar de una lengua a la otra y la habilidad para aprender de los errores y no volver a repetirlos hacen que seamos mejores traductores. Por eso, no creo que se pueda estudiar «traducción». Se pueden estudiar teorías sobre la traducción, gramáticas, historias de la literatura, pero no se puede estudiar traducción. Todos los conocimientos adquiridos son herramientas para traducir mejor, herramientas que se utilizan en el momento en que estamos traduciendo.

Como no se puede estudiar traducción, no se pueden tomar exámenes de traducción.

Aunque se puede considerar la situación de examen tradicional como obsoleta, insuficiente y causante de segregación intelectual, es útil en muchos sentidos. Si el examen ayuda a pensar lo que estudiamos, permite elaborar en palabras propias lo que entendimos y no se limita a pedirnos que calquemos…

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Me he cansado de la política

Me he cansado de todas esas entradas de blogs sobre política, de los artículos en periódicos y en revistas que tratan el tema, de los que critican y de los que alagan. Me he cansado de ver cómo la gente escribe sobre política, de que intenten defender el pensamiento del pueblo o de que lo insulten. De aquellos que escriben para exaltar a políticos y de los que escriben para protestar por cada decisión que éstos toman; de los que escriben sobre política para echarla por tierra o quienes lo hacen para tildarla de la mejor de las actividades.

Me he cansado de todas esas cosas, les he cogido tirria. Estoy empachada. Admito que antes me encantaba leer todo eso: las entradas de blogs, los artículos que arremetían contra unos u otros, los que parecían odas, con los que me identificaba y también con los que no. Me encantaba. Me hacía sentirme mejor o peor, pero me hacía reaccionar de algún modo. Y ahora, sin embargo, me he cansado. ¿Por qué?

Porque ya son muchas las letras escritas sobre este tema, porque es tan recurrente que cuando alguien no sabe de qué escribir, escribe de política. Porque ya hasta el más pintao se cree un experto en ciencias políticas, en comportamiento humano, en sociología y hasta en lecciones. Porque estoy harta de que la gente comparta artículos irritantes sobre la situación actual del país, como si no supiéramos darnos cuenta por nosotros mismos, ¿sabéis? Porque me ponen de mala leche, porque tengo suficiente con vivir mi propia mierda, para tener que empatizar con los demás. Y lo digo en plan bien, que no se me moleste nadie.

Cada uno tiene sus problemas, y cada uno tiene sus propias soluciones, su manera de vivirlos, de afrontarlos. Todos sabemos que el país no va bien, que con tantos y tantos parados no funciona una economía; que hay familias que lo pasan mal, y algunas fatal; que la sanidad pública se va al garete; que la educación en lugar de mejorar, empeora; que se está perdiendo la generación mejor preparada, que huye para encontrar un lugar donde se les valore; pero oye, que de eso también nos damos cuenta los demás.

Que no tiene que venir el listillo de turno a contárnoslo, que todos conocemos a alguien que lo pase mal por esta estúpida crisis que parece nunca terminar. Que estoy harta. Que nos dejemos de tanto escribir y empecemos a reaccionar, a intentar mejorar un poquito nuestro entorno, que el menor de los granitos ayuda a formar la montaña.

Y os lo dice una que se autodefine como bastante pasota, que a mí no me van ni me irán nunca las manifestaciones ni nada por el estilo. Que a mí me van las cosas pequeñas, de las que nadie se entera, que no parecen tener significado, esas que ayudan al vecino del quinto, a la compañera de clase, a la que pide para dar de comer a sus hijos.

Que no hace falta hacer grandes cosas, que hay que hacer cosas pequeñas, medianas, grandes, minúsculas, invisibles… Pero hacerlas. Que con escribir no basta. Que no me gusta ver cómo la gente le recuerda a otra gente lo que prometió el gobierno y no cumplió, lo que prometió no hacer y ha hecho. Que para eso están las noticias y los periódicos.

Que, bueno, que me he cansado de todas esas entradas de blogs y artículos irritantes sobre política, pero que seguramente los seguiré leyendo. Solo para ponerme de tan mala leche que reaccione de algún modo. Y sin quererlo, aquí estoy yo, escribiendo una entrada sobre política. Pero, ¿qué queréis que os diga? No sabía de qué escribir.

Mentira

En el fondo sé que quizás fue que hicimos tanto el esfuerzo de seguir juntos, de acercarnos el uno al otro, de conocernos mejor, que cuando por fin lo conseguimos, no nos gustamos. Y aun así, a pesar del tiempo que ha pasado ya, seguimos estando enamorados de esa idea que nos formamos el uno del otro antes de conocernos. Seguimos creyendo que todo será perfecto si el destino cae en el error de volvernos a unir.

En el fondo sé que todo fue mentira.

Fue mentira ese amor que creímos tenernos, porque no era amor, era necesidad. Necesidad de ti. Necesidad de mí. Necesidad de tener a alguien que nos vigilará, que se preocupase, que preguntará cómo nos había ido el día, cómo habíamos dormido, incluso necesidad de esas discusiones.

Fue mentira todo lo que los demás dijeron y creyeron. Fue mentira la buena pareja que todos decían que hacíamos. Fue mentira lo compenetrados que creían que estábamos. Fue mentira la creencia de que habíamos cambiado el uno por el otro. Fue mentira lo que dijeron y creyeron, pero más mentira fue porque nosotros les dejamos decir y creer.

Fue mentira todo lo que teníamos en común, que se desvanecía con lo mínimo en lo que no estábamos de acuerdo. Fueron mentira esos gustos que compartíamos, porque no los veíamos ni los disfrutábamos de la misma manera. E igualmente y en voz alta lo digo, fue mentira todo lo que nos separaba, pues fuimos nosotros quienes quisimos poner todas esas trabas en el camino.

Fueron mentira las apariencias. El no querernos más que en silencio, a oscuras, como si la claridad y la transparencia de la sinceridad fuese a matar algo que jamás tuvimos. Fue mentira aquél odio que fingíamos tenernos, y aquél cariño que fingíamos tenernos segundos después. Fue mentira el equilibrio, que nunca fue.

Fue mentira la confianza, que se veía en la mayoría de los casos sustituida por los celos. Celos infundados en más mentiras, que fueron inventadas para evitar los celos. Como la serpiente que se muerde la cola. Fue mentira nuestra evolución, que iba hacia atrás a pasos de gigante.

Fue mentira lo bien que nos llevábamos. Hasta nosotros lo sabíamos. Fueron mentira la mitad de las discusiones, porque discutíamos por discutir, por ocupar el tiempo, por escribirle más páginas al diario de un desastre anunciado. Y fueron mentira la mitad de las reconciliaciones, que se basaron en disculpas fantasmas y perdones tácitos.

Fue mentira lo bien que nos conocíamos, pues tiempo después se demostró que no era así. Fue mentira todo lo que nos reprochamos y todo lo que nos agradecimos. Fue mentira la amistad que mantuvimos, un espejismo en medio de la desolación. Fueron mentira los insultos y los piropos.

Fuiste mentira tú, fui mentira yo y, en el fondo, sé que fuimos mentira.

Por los mejores.

¿Sabéis? Hoy tenía muy claro que quería hablar un poco de cómo es mi vida, cómo ha sido, cómo ha ido evolucionando a lo largo de los años. Quería hablar de lo caótica que puede parecer a veces desde fuera, y creedme, también lo parece desde dentro. Intentando saber cómo empezar esta entrada he ido recorriendo mentalmente mis años, casi desde que tengo uso de razón y me he dado cuenta de que no tengo nada que haya sido constante en mi vida. Nada. En serio, nada. Y, exceptuando a mi familia, tampoco hay nadie constante.

Entonces me he parado un poco a pensar, ¿qué vida más triste no? No tengo ni un amigo que haya estado siempre ahí desde pequeña, tampoco me gustan las mismas cosas que cuando era una enana, ni tengo los mismos objetivos en la vida. No tengo ni un año en el que no me haya pasado algo que trastocase mi vida, para bien o para mal.

Nunca he tenido un grupo de amigos con los que siempre saliese o que siempre estuviesen ahí. He sido un poco voluble en ese aspecto. Siempre me he llevado bien con todo el mundo, he tenido mis problemas claro, como todos, pero no tengo a nadie a quien no quiera ver o que no quiera verme. Y me alegro por ello, no estoy diciendo lo contrario.

Entonces, pensaba en todo esto y me estaba diciendo a mí misma que quizás era mi culpa. Quizás es que no he sabido ser buena amiga o algo así. No sé, quizás. Pero entonces he caído en la cuenta de que si hay algo constante en mi vida. Siempre he tenido al menos a una persona en la que confiar. Aunque sólo fuese una, pero la tenía.

Y hoy por hoy, sigo sin tener un grupo de amigos. Es cierto, no tengo un grupo definido de amigos. Tampoco tengo muchos amigos, los que tengo los puedo contar con los dedos de las manos. Y me sobran dedos.

Pero, ¿sabéis qué? Que nunca me ha preocupado eso. No tengo muchos, pero tengo los mejores. Algunos ni siquiera mantienen relación entre sí, otros son igualmente amigos entre ellos. Cada uno es diferente, no hay ninguno igual a otro.

Tengo una amiga que es, bueno, es mi otra mitad. Quien mejor me conoce, sin duda. Con la que puedo estar semanas y semanas sin hablar, y no cambiamos en absoluto. Con la que nunca me he peleado (y todo madera para que siga así).

Luego esta mi amigo para todo. Para ir a cenar, para ir a la playa, para comer pipas en un banco del parque, para llorar, para salir de fiesta, para hablar, para andar, para hacer locuras, para reírnos hasta que amanezca, para meterme con él, para decirnos muchas estupideces. Es mi otra mitad, pero en masculino. Y es, como dice mi madre, mi guardaespaldas.

También tengo mi alma gemela, con mi mismo genio, mi misma idiotez, mi misma locura (o a veces más), mis mismas ganas de comerse el mundo, mi misma alma fiestera, mi misma (a veces ausente) madurez. Es esa hermana mayor que nunca tuve.

Luego tengo a mi amigo todo corazón. El único que consigue sacarme el lado cariñoso. El que me ha guardado mis mayores secretos y el que me aguanta siempre. El que con solo mirarme ya lo sabe todo de mí. Y también el más friki de todos.

Tengo otras dos amigas, que son indescriptibles. Dos personas que son completamente distintas a mí, pero que me completan a la perfección. A las que, a mi pesar, rara vez veo. A las que siempre tengo ganas de ver. Con las que cada día te depara algo nuevo.

Y por último tengo un amigo y una amiga que son fantasmas. Los llamo así porque parece que nunca están, pero siempre están. Pa’ un roto y un descosío. Con los que hablo muy pocas veces, pero que me alegran con tan solo un “hola”. Y que no importa si sólo los veo una vez al año o dos, porque sin esa vez o esas veces, mi año no valdría la pena.

Ya sé que esta entrada es muy personal, demasiado quizás, pero, ¿qué queréis? Estoy de Erasmus, acabo de volver de pasar las Navidades en casa y estoy melancólica. Por favor, no tenédmelo en cuenta.

Nuestro mejor beso

Era tarde, quizás las 2 de la mañana. La música sonaba al fondo de la habitación, como acartonada, o quizás era yo la que la oía así. Te acercaste despacio riéndote de un chiste que yo nunca llegaría a conocer y paso a paso fuiste haciendo que mi corazón latiera más y más rápido. Yo me deje medio apoyar en una mesa, dejando que el peso de mi cuerpo y mis nervios recayeran sobre la pierna derecha y llegara hasta el punto más bajo de mi tacón de 14 centímetros. Una copa de no me acuerdo qué en la mano izquierda, el cigarro en la derecha y la vista puesta en ti.

Justo cuando me rozaste la cintura con el antebrazo para soltar tu copa detrás de mí, en la mesa, mi corazón decidió que era hora de salirse por mi boca. Empezamos a charlar sobre las cosas más banales que se te pudieron ocurrir, y cada vez más pegados.

Recuerdo como, al hablar, podía sentir tu aliento llegar hasta mis labios y como casi podía distinguir las tonalidades de tus iris. Y yo hablaba con esa sonrisa de tonta en la cara.

No recuerdo en qué momento solté mi copa, son detalles que después de pasado tanto tiempo ya no me importan. Sólo recuerdo que llegó un momento en el que mi mano ya estaba atada con lazos invisibles a la tuya. Y también recuerdo lo que pasó poco después.

Yo me había encendido otro cigarro y ahora fumábamos los dos de él. Una calada y de repente, un beso. El beso. El mejor que nos dimos jamás. Lento, con ganas y lleno de un millón de matices indescriptibles. Tan solo unos segundos, pero los mejores de nuestra relación, que se vieron pronto envueltos del humo de la droga. La que fluía en forma de adrenalina y oxitocina por nuestras venas, y la que fumábamos de ese cigarro que no terminamos.

Pura droga, sí. Así calificaría ese beso, como droga. Fue sin duda nuestro mejor beso y uno de mis mejores recuerdos de ti. Así que discúlpame si te digo, que después del tiempo pasado, la metadona sigue siendo mi compañera en el viaje.

Traducción NO es una carrera facilona

Son demasiadas las veces ya que he escuchado que alguien hablaba de mi carrera (Traducción e interpretación) como una carrera facilona, y la verdad, no soy capaz de describir con palabras lo que me entra por el cuerpo. Mi carrera, para todos aquellos que lo piensan, NO es facilona. No es una carrera que puedas hacer sin problemas ni esfuerzo; no es una carrera que puedas hacer como pasatiempo; no es una carrera que puedas hacer si no te apasionan los idiomas. No, no y no es una carrera fácil. Y lo repetiré hasta que le entre en la cabeza a todo el mundo.

Estoy harta de esas personas que clasifican las carreras universitarias por lo difícil que son, cuando cada carrera tiene su dificultad y necesita su esfuerzo. Seguro que hay alguien por ahí al que hacer la carrera de derecho no le suponga gran esfuerzo, que le parezca fácil; y seguro que somos capaces de encontrar alguien al que hacer la carrera de magisterio le supondría un suplicio, simplemente porque no se le den bien los niños o no tenga paciencia. Cada carrera tiene sus pequeñas cosas y ninguna es más que otra ni menos que otra. Son diferentes. Como las personas que las cursan.

Es por eso que me matan por dentro cada vez que alguien insulta, sí, sí, insulta a mi carrera. Traducción e interpretación no son sólo idiomas, es mucho más. Es lingüística, es historia, es gramática, es vocabulario, es técnica, es cultura, es geografía, es mecánica, es biología, es literatura, es oratoria, es redacción, es poesía, es cine, es periodismo, es actualidad, es informática, es derecho, es medicina, es turismo.

Porque no es fácil traducir un cuento francés para niños del siglo XVIII, adaptándolo al español actual, a una edad concreta, consiguiendo que la prosa quede melódica y que la moraleja sea pegadiza para que pueda ser aprendida con facilidad. Porque no es fácil… Bueno, más bien es importantísimo saber cómo traducir bien el prospecto de un medicamento para una afección cardiaca o saber interpretar de la forma correcta el discurso de un diplomático en una reunión de la OTAN. No es fácil localizar los términos adecuados para referirse a los componentes de un motor de un caza, cuando la traducción tendrá como público los mecánicos que están encargados de su mantenimiento. Porque es que a veces, traducir implica unos matices humanos tan cruciales como saber poner un vial para un enfermero o rescatar a un inocente de la pena de muerte en un país subdesarrollado de Asia para un abogado de derecho penal.

Existen muchos casos conocidos en los que la buena o mala traducción de un texto o una buena o mala interpretación de un político en una reunión podría haber cambiado el curso de los hechos. Famoso es aquél en el que la pésima interpretación de un político casi causa un desastre en las relaciones internacionales.

Los traductores y los intérpretes se ven sometidos a estrés continuo y siempre en la sombra. Porque estoy segura de que si os pregunto a alguno el nombre de un traductor y/o intérprete, no sabréis decirme ni uno. Son esas sombras que están ahí para traducirte los libros de Juego de tronos, de Los juegos del hambre o de Ken Follet. Son los que te traducen tus series americanas favoritas o esas sagas de películas a las que tienes devoción. Son esas sombras que están ahí para unir pueblos y crear lazos culturales. Son mediadores, borradores de fronteras lingüísticas y culturales.

Son esos que se pasaron 4 años metidos entre libros de Chomsky y Saussure, entre otros muchos. Los que casi le hacen un altar a María Teresa Cabré. Los que tienen como amigos al DRAE, al Panhispánico de dudas, al Petit Robert para los más afrancesados o el Merriam Webster para los anglicistas. Los que han estudiado e investigado sobre el Diccionario de Autoridades, el María Moliner o el Corpus lingüístico de la RAE. Son los que te saben decir cuántas variedades del español pueden existir, los que te dicen las normas para escribir bien un correo electrónico, los que te programan páginas web, localizan videojuegos y realizan un presupuesto tras otro. Los que asisten a cursos intensivos para dominar Trados, OmegaT o cualquier otra herramienta de TAO (Traducción Asistida por Ordenador).

Así que, bueno, traducción NO es una carrera fácil, y lo que viene después, tampoco. Ninguna carrera es un camino de rosas, por mucho que futuros médicos, futuros economistas y futuros ingenieros, por ejemplo, lo digan. Vuestras carreras no son más que la mía, ni tampoco menos. Todas y cada una de las carreras universitarias, por raras y desconocidas que sean, merecen respecto. Y los que las estudian también.

Al final de todo, lo que importa es si el que insulta nuestra carrera, sea cual sea ésta, conoce lo que es el respeto o no.